El Kraken

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«Hybernum fugit», relato corto de fantasía

La asamblea de invierno de los seres del bosque se lleva a cabo en un claro de robles casi desnudos. Sentada en el trono de madera de olivo, la reina de las hadas preside el complejo debate que se repite desde hace algunos años. Las bellas alas de color bronce parecen una extensión del traje de gasa del mismo tono. Entornando los ojos y con un ligero gesto de los dedos, concede el turno a Ravén, el asistente real. 

De pie, a su derecha, Ravén inclina la cabeza. Es un hada de mediana edad, de alas rojas. Despega los labios, y su voz grave y profunda resuena en el claro: 

—El próximo punto del día es la travesía del hada de invierno: Caillech. Siento ser portador de malas noticias, majestad. Parece que la estación del frío llegará con retraso.

Un suspiro generalizado hace patente el desasosiego del auditorio.

—Igual que el año pasado —se lamenta una gnomo anciana desde la grada. 

—Así es —contesta Ravén—. Caillech lleva algunos años iniciando el invierno con demora. Parece que ciertas adversidades meteorológicas han impedido su avance tal y como estaba previsto.


El joven Owen, de alas doradas, es impetuoso y no espera el permiso de la reina para hablar:

—Preguntadles a los silfos y las sílfides por qué Caillech acorta el invierno. Los duendes del viento enlentecen su viaje con tempestades y tornados.  

El silencio se apodera del debate.

—Se trata de una acusación grave, querido Owen —lo reprende. Con diligencia, la reina se dirige al líder de los silfos—. Tienes el turno para defender a tu gente, Álux. 

—Majestad. —El duende realiza una sutil reverencia. Se toma su tiempo, se endereza y habla hacia la tribuna—. Es preciso recordar a los aquí presentes que los espíritus del aire solo se adaptan a los cambios del clima. El calor los moviliza, no yo. Los seres humanos nos arrastran a un «nuevo equilibrio». Sería pretencioso otorgarme tanto poder.

Owen se remueve en su asiento:

—Tus adeptos dicen que sirven al clima, pero las ventiscas se les van de las manos. —Se pone de pie—. Hablar de un «nuevo equilibrio» es retorcido. He oído lo que predicas en tus meetings. Crees que podemos servirnos del cambio climático para reducir la cantidad de personas.

—El ser humano no necesita ayuda para su propia destrucción —dice el cabecilla de los silfos, entornando los ojos—. Es necio.  Egoísta. Su ambición le llevará a extinguirse tarde o temprano. ¿Queréis que nos arrastren con ellos?

—Y, por ello, es mejor asesinarlos con tornados y ciclones.

Un murmullo de inquietud recorre la grada. Álux, erguido, se dirige al público con un tono seguro y apacible:

—Si dejamos que el ser humano siga destruyendo el planeta, las tormentas serán solo el principio. Tarde o temprano, los animales, confundidos, no hibernarán a tiempo; los hielos se fundirán y los bosques se convertirán en pantanos. Quizá desaparezcan. Y, con ellos, nuestro pueblo. No podemos permitirlo. Es necesario tomar el control.

En un cruce de miradas, la reina permite a Álux tomar aire y explicarse:

—El creciente número de humanos supone una amenaza para la Madre Naturaleza. El hombre expolia los recursos y no permite que la tierra se recupere. Si se precipita el cambio climático, también será nuestro fin. Algunos seres pueden vivir en entornos hostiles, como los silfos, pero ¿qué será de los demás? ¿Cómo sobrevivirán las hadas del rocío de la mañana a la aridez del desierto?

—Tu solución, entonces, es deshacerte del ser humano deliberadamente —afirma Owen, clavando una mirada desafiante en el líder de los silfos. 

—Lo que sugiero es detener el cambio climático con la única carta que tenemos.

—Hablas de un genocidio. —La voz desgarrada de Owen envuelve el claro.

Álux se ajusta los puños del humilde traje de algodón que viste.

—No esperaré sentado el nuestro.

El rumor paulatino de voces se rompe con los gritos del público mezclados con un zumbido del batir de las alas:

—¡Nuestro Salvador!

—¡Asesinos!

—¡Cobardes!

—¡Basta! —Con tono firme, la reina interviene—. Ya he escuchado suficiente. Álux, lo que propones es inaceptable. El fin no justifica los medios. Debemos creer que la Madre Naturaleza tiene sus propios recursos para sobrevivir. Nos dejaremos guiar por su sabiduría y cultivaremos la paciencia, concediendo al ser humano el tiempo y la oportunidad de progresar. Hablarás con las sílfides y los silfos, que facilitarán el camino a Caillech. Espero que haya quedado claro.

—Por supuesto, majestad —dice Álux, tomando asiento.

El silfo aprieta los dientes y calla, pero conoce la idiosincrasia del ser humano. Sabe que nada cambiará, que es cuestión de tiempo que los cauces del agua suban y el frondoso bosque se torne estéril.

Tendrá paciencia y esperará. Entonces, los duendes del aire se harán con todos los rincones de la Tierra y él podrá vestir de gasa en el trono de olivo.

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