El Kraken

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Relato corto: La transacción

Hundo los dedos en la arena, y mi cuerpo se muestra indiferente al contacto húmedo y frío que me ofrece. Cierro los ojos y aspiro el salitre que impregna el aire. Sentada sola en la orilla del mar, espero el amanecer. El suave oleaje me acaricia los muslos, reviviendo el deseo con el que una vez amé a Leo en esta misma playa; el sabor de los restos de sal en su piel bronceada y los dedos enredados en su pelo, oscuro y grueso; recuerdo los mechones rebeldes mecidos por la brisa marina, bajo la luz del sol.

El sol… cómo lo echo de menos.

Sus rayos parecían abarcar cada estancia fotografiada en aquel tríptico que, unos meses atrás, Leo había dejado sobre la encimera de la cocina. Amontonar el correo al lado de la vitrocerámica era una mala costumbre que había tomado a lo largo de los años que llevábamos viviendo juntos. Mi papel solía ser separar las facturas de la publicidad, con un pie en el pedal de la basura mientras el café se calentaba al fuego. El panfleto tenía un símbolo dorado, una uve invertida que contrastaba con un verde hoja de fondo. En su interior, fotografías de terrenos ajardinados y habitaciones relajadas. Me intrigó. Oí cómo Leo cerraba el grifo de la ducha.

—¿Qué es esto? —pregunté en voz alta, esperando su contestación.

Leo asomó la cabeza por el marco de la puerta, con el ceño fruncido; se estaba secando el pelo con una toalla.

—No te enfades, ¿vale? —dijo mirando mis manos—. Es solo una idea, una… propuesta.

Le di la vuelta al tríptico y leí en voz alta: «Curación y vida eternas».

—Leo, esto es una secta —dije, rotunda.

—Venga, cielo… —entornó los ojos, como si las palabras le restaran energía.

—¿Qué?

—Pues que no perdemos nada por intentarlo —añadió inclinando la cabeza hacia abajo para secarse el cabello de la nuca—. Vamos a que nos suelten el rollo y nos volvemos a casa. Que nos gusta lo que oímos, valoramos. Que no, pues ¡adiós!

—No lo sé… Parecen de esos que juegan con la desesperación de las personas.

—¿Es que tenemos pinta de estar desesperados? —preguntó mirándome a los ojos por primera vez.

Y lo estábamos. Carcinoma de mama en estadio cuatro. Metástasis. Con el cansancio que da una larga enfermedad, cedí.

En pocos días, atravesábamos los jardines de Oana, que eran tan hermosos como en las fotografías. También lo eran sus integrantes y aquello que prometían: palabras que recorrían mi cuerpo tan rápido como la enfermedad. Una transacción de una gran suma de dinero fue el principio, lo que me llevó a mi primer verano sana por completo después de casi cinco años. Entonces, nos mudamos a una casa apartada, construida en un pueblo costero asturiano.

Me gustaba permanecer tumbada junto a Leo, que se quedaba adormilado después del sexo. El latido de su corazón bombeando sangre me distraía; percibía el recorrido del torrente sanguíneo llegar hasta los capilares a través de las arterias, irrigando órganos y músculos. Su piel rasurada, cubierta de sudor, me recordaba aquellas mañanas primaverales en las que el rocío cubre las hojas de las buganvillas. Yo ya no podía sudar. No necesitaba regular mi temperatura corporal. No sentía el calor abrasador de agosto ni el frío de los meses de invierno. Leo me transportaba a mi antigua vida, en la que corría deprisa por la arena de la playa para no quemarme las plantas de los pies. Entonces y solo entonces, me hacía consciente de todo a lo que había renunciado para vivir.

Solía levantarme del colchón hambrienta y taciturna. No me acostumbraba a esta parte de nuestra relación, así que no tardaba en castigarme con pensamientos de odio a mí misma mientras le ponía un catéter en el pliegue del codo y veía desfilar la sangre hacia una bolsa de almacenaje. A veces, Leo parecía despertar, pero cerraba los ojos de nuevo, conforme con la nueva transacción que teníamos. Después, retiraba la sonda y me bebía la sangre fresca servida en un vaso. Así sobrevivimos los vampiros. Oana garantizaba la vida eterna y el manejo de la sed a cambio de aquello que posees y que no sabes que echarás de menos.

Las cálidas puestas del sol y el graznido de las gaviotas se desdibujan en la memoria mientras me alimento de Leo. Pero eso se acaba hoy. 

Una mancha anaranjada tiñe el filo del horizonte. Aunque no he dicho adiós, estoy lista. Me incorporo y avanzo hasta que el agua me cubre por la cintura. Dejaré mi nueva vida igual que vino: recibiendo al último gran amanecer.  


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