El Kraken

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«Sagnis et circenses», relato de ciencia ficción

Oía sus voces gritando, lejanas, como conversaciones ajenas en un mercado. El primer golpe de adrenalina me había dejado sensación de hormigueo en los músculos y los pies enraizados en aquella rojiza y árida arena. Las irónicas palabras de Kiran resonaban en mi cabeza:

―Ya está ―me decía con voz apacible―. Hemos vivido bien, Kalanit. Mejor acabar así. ¿Qué preferías, nena? ¿Una muerte corriente? ¿Morir de una estúpida y aburrida vejez?

Él nunca fue un hombre corriente. Era un adicto a la aventura y a las apuestas ilegales. En mi lugar, ya tendría el arma en la mano… «¿Y mi arma?».Por instinto, alargué los dedos buscando la seguridad de mi lanza, todavía clavada en el suelo.

Era la primera vez que me arrepentía de habernos marchado de la Tierra. Impotente, acataba mi destino. Hasta que el lloro de un bebé me devolvió a la realidad. Del tumulto que vociferaba desde las gradas, solo era capaz de distinguir el insistente llanto de aquella criatura. No entendía por qué alguien desearía llevar a sus hijos a semejante espectáculo de sangre y muerte.

La bestia acortó distancia con respecto a mi posición. En las gradas, la masa parecía perder la cabeza. Empuñé con fuerza mi lanza y me uní al coro de gritos, amenazando al león con la punta afilada del arma. El animal no retrocedía y, con un rápido juego de muñeca, conseguí dejarlo ciego de un ojo. Herido y molesto, se revolvió dispuesto a hacerme daño, inconsciente de que se trataba de un ataque suicida. En apenas tres segundos, me dejó como ganadora del primer asalto. El público aplaudió eufórico. Había empalado a la bestia.

Levanté la vista hacia el palco principal. Tras el cristal, el Kaesar me dedicaba una media sonrisa burlona. Fue ese el momento exacto en el que decidí sobrevivir a su gobierno para verlo caer a manos de su entregado público, las verdaderas bestias de aquel circo. Desclavé la lanza de la boca del león y, con un gesto de dolor, más en el alma que en las muñecas, me arrodillé a su lado y murmuré una breve y sentida oración:

—De donde yo vengo, los animales tienen mejor destino. Y los seres humanos, también.

Las placas de protección se alzaron por encima de las primeras gradas, cubriendo las filas más expuestas. El ruido del portón abriéndose anunciaba la salida de otro depredador. El espectáculo debía continuar.

Antes de descubrir la identidad de mi adversario, miré de nuevo al palco, limitado por dos grandes pantallas que mostraban un plano medio del líder. Con un gesto arrogante, ordenó que me lanzaran un sable casi prehistórico. Lo tomé entre las manos y el bramido de la bestia retumbó en los paneles de protección. Jamás había oído semejante aullido, pero sabía a qué correspondía. Miré el sable y apreté los dientes. Con eso no lograría ni arañar la piel del lagarto.

Los kukur eran una especie reptil invasora, endémica de la Tierra. Años de evolución en este tórrido sistema solar lo habían transformado en un dinosaurio de unos seis metros. Solían establecerse en zonas áridas inhabitadas y no suponían un peligro, a menos que los incordiaras. Tal y como los describía la gente, su bramido era tan potente que inundaba cualquier espacio físico, hasta la mente.

Con el rugido, me resultaba imposible pensar en una estrategia. Era un lagarto adulto y había sido herido en las membranas. Al menos no podría volar. Una antiquísima leyenda decía que, cuando la sangre del kukur cayera roja sobre la tierra, su verdugo sería el elegido para liderar la rebelión. Pero esos seres no tenían sangre, sino una especie de líquido transparente que alimentaba sus células. Y, si había algo que el pueblo temía más que a un kukur, era al Sistema.

Había oído historias de aquellas bestias casi inmortales, pero nunca había visto una al natural. El lagarto me miró con sorna y se acercó al centro de la plaza para devorar al león. Solo era un animal herido y hambriento. Su necesidad me daba unos diez minutos para idear una estrategia de ataque.

Impaciente, la gente comenzó a tirar objetos a la arena, intentando redirigir su atención. Eso me acortaba el tiempo. Estudié la plaza, era la primera vez que me paraba a analizarla. Necesitaba un plan.

Recorriéndola visualmente, nuestras miradas se cruzaron. Se me aflojaron las rodillas y temí perder la conciencia. Kiran me observaba desde una cárcel de cristal, fuera de la arena. Su presencia me anulaba por completo, más que el rugido del kukur. Supe entonces que el Kaesar me quería muerta; estaba dispuesto a jugar sucio, lo había subestimado.

Me acerqué a Kiran, aprovechando la distracción del animal hambriento, y lo miré de arriba abajo. Tenía golpes y marcas por todo el cuerpo. Con tristeza, pegué la palma de la mano al cristal que nos separaba. Kiran apoyó la suya frente a la mía y sonrió. Maldito idiota. Al apartarse del cristal, dejó un rastro de sangre de las desolladas muñecas. En ese instante lo vi claro. Un kukur… El desafío del Kaesar era una descarada invitación para mí.

La organización del espectáculo, cansada de esperar, propinó una buena descarga eléctrica al reptil, que se enfureció deprisa. Me acerqué con cuidado, intentando atraer su atención sin excitarlo más. Le hablé. Le rogué que se tranquilizara. Me miraba con curiosidad, como extrañado de verme allí interrumpiendo su festín.

Me llevé la mano al pecho y le pedí perdón. Pareció adivinar mis intenciones porque no tardó en revolverse agresivo sobre las patas traseras. Rugió furioso. Me costó concentrarme y apenas vi cómo se abalanzaba sobre mí hasta herirme de gravedad de un zarpazo en el brazo izquierdo. Caí sobre la espalda en la arena y el kukur aprovechó mi debilidad para posicionarse casi encima.

Con un gran esfuerzo para despejar la mente, empuñé el sable y le herí de muerte en la parte más vulnerable del cuello. «Perdóname». La sangre transparente del lagarto cayó, mojó mis ropas y se mezcló con la rojiza arena de la plaza, haciendo brotar la esperanza. El silencio se apoderó del lugar. Los guardias se estremecieron tras los cristales. Detrás de la gran pantalla de protección, creí atisbar alguna sonrisa.

Kiran siempre explica esta parte de la historia, porque yo no recuerdo nada. Dice que rodé sobre mí misma, deshaciéndome del cuerpo sin vida del kukur, y me erguí cubierta de la mezcla de arena y sangre. Nadie vitoreó cuando alcé el sable por encima de la cabeza. En las pantallas cortaron la imagen y se hizo salir a la gente, pero todo el mundo vio al Kaesar en pie. Algunos cuentan que estaba listo para huir, otros, que intentaba motivar respeto. Yo creo que comenzaba a entender que su provocación había sido un arma de doble filo.

Ese combate finalizó, pero la guerra no había hecho más que empezar.

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